Opiniones

Educación emocional

Por: David Villanueva Lomelí

Uno de los grandes retos que tiene la humanidad es la educación de miles de niñas, niños y jóvenes, en una etapa que ha estado marcada por las complejidades y la volatilidad que implica la pandemia ocasionada por el COVID-19.

En este sentido, en México contamos con un contexto particular ante el establecimiento de un modelo híbrido de aprendizaje, en donde los estudiantes están atendiendo clases presenciales y en línea, lo que significa un gran reto, tanto para las y los profesores, como para el alumnado, por lo que es fundamental reflexionar sobre la educación emocional.

Para ello, recupero lo que señala el maestro Rafael Bisquerra, catedrático de la Universidad de Barcelona, en el sentido que las emociones son importantes, porque en ellas se encuentra lo mejor y lo peor de nuestra vida. En ellas está el miedo, la ansiedad, la angustia, el estrés, la depresión, la tristeza, la rabia, la ira, la furia, la cólera, la indignación, la predisposición a la violencia, entre otras. Desde su perspectiva, los grandes problemas de la humanidad, en gran medida, tienen un fondo emocional.

En contraparte señala que, en las emociones está también lo mejor de nuestra vida, porque en ellas están las alegrías, el amor, la compasión, la solidaridad, el equilibrio, la armonía, la paz interior, el sosiego; en definitiva, la felicidad, que es lo que la mayoría de las personas más desean en la vida.

El profesor Bisquerra establece que diferentes investigaciones científicas establecen que este tipo de formación tiene efectos positivos en desarrollar las competencias sociales y emocionales, desarrollar climas emocionales favorables a la convivencia, al aprendizaje, al bienestar; disminuir los índices de ansiedad, estrés y violencia; incluso el rendimiento académico mejora.

El especialista propone que la educación emocional debería empezar desde pequeños e ir evolucionando conforme las y los niños van creciendo, de forma que tomen consciencia de que tienen derecho a estar enfadados, a sacar su rabia de alguna forma, pero lo que no deben hacer, es sentirse autorizados a agredir a alguien y éste es el primer paso para autorregularse.

También sostiene que, la regulación emocional no es represión, pero puede ser tan perjudicial la represión como el descontrol. De ahí la importancia de aprender los límites, que los adultos les hemos de poner y ahí es donde hay muchísimo trabajo por hacer.

Asimismo, nos advierte que los primeros destinatarios de la educación emocional deberían ser las y los profesores en primer lugar, las familias, padres y madres en segundo lugar, los estudiantes en tercer lugar y la sociedad en general. Porque el desarrollo de las competencias emocionales dura toda la vida.

Finalmente, Rafael Bisquerra recomienda que es necesario aumentar la tolerancia a la frustración como uno de los objetivos de este tipo de educación; porque una persona, un niño que tiene una baja tolerancia a la frustración, un alto nivel de impulsividad y no le han puesto límites, estos tres elementos, cuando llega a la adolescencia y posteriormente, ser adulto, puede ser un cóctel explosivo cuyos efectos son incalculables.
Sin duda, estos planteamientos nos llevan a identificar la necesidad de desarrollar este tipo de capacidades individuales que nos permiten identificar nuestras emociones, saberlas procesar y entendernos mejor, para que podamos evolucionar como sociedad.
Y tú, ¿qué más nos puedes compartir sobre la educación emocional? Te invito a dejar tu mensaje en mi página de Facebook David Villanueva Lomelí. Con los Hashtags #Puebla y #VívelaBien.

Como establece la siguiente frase anónima: “Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.”


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